
El pasado lunes se inauguró una de las obras emblemáticas del gobierno de Michelle Bachelet: el museo dedicado a revivir las violaciones a los Derechos Humanos durante la dictadura militar chilena. Pero un museo que se busca posicionar como una preservación de parte de nuestra historia, logra mostrarse como un elemento de fragmentación social. La división, característica de nuestra sociedad, es fomentada por un mal enfoque del aprendizaje histórico.

A semanas de la contienda definitiva que nos dirá si hay desalojo en La Moneda o no, el Caso Frei Montalva deja entrever el nivel de maquiavelismo de la política, y cuán cizañera puede llegar a ser al momento de utilizar sucesos contingentes e influyentes como éste para aprovechar, inconscientemente o no, la caza de votos retroalimentados, cargados de emocionalidad y “consciencia colectiva”.

La sencilla ceremonia estuvo marcada por la ausencia de los representantes de organizaciones de víctimas de DD.DD, en protesta a que el organismo no podrá querellarse por casos del pasado.

Los principales argumentos para negar el beneficio es que ex fiscal militar de Temuco podría darse a la fuga.

Piñera le prometió a un grupo de militares en retiro, una ley de amnistía a favor de los inculpados de violación a los derechos humanos. Una promesa que fue objeto de discusión en las distintas bancadas a favor y en contra, pero que no tiene muchas posibilidades de verse realizadas en un eventual gobierno del derechista. De todas formas, esto revela la inconsecuencia de los políticos, que atacan y defienden el mismo concepto, pero en distintas situaciones.