El AFI, el Clasismo y la Inequidad
Sigo hablando de educación, da para mucho. En una iniciativa que aplaudiría, de no ser porque viene llegando con más retraso que la Alegría (que esperamos desde 1988), el Ministerio de Educación propone readecuar el sistema de promoción monetaria estatal a la incorporación de estudiantes de buen rendimiento a las universidades (el Aporte Fiscal Indirecto, AFI). Lea el artículo e imprégnese del clasismo por usted mismo. What!?
El 40% de los recursos entregados por la promoción 2007 se concentró, para variar, en dos instituciones; a saber, la Pontificia Universidad Católica y la Universidad de Chile.
El rector de la USACH, Juan Zolezzi, coincide con la opinión oficial en el sentido de promover la captación de estudiantes de escasos recursos, pero que sobresalen por sobre la mayoría, por las distintas casas de estudios.
Andrés Bernasconi, de la Universidad Andrés Bello, indicó:
Hoy no hay necesidad de incentivar a las universidades para que capturen a alumnos de pregrado, en cambio hay un déficit tremendo en postgrado y doctorado.
Es cierto. Hay pocas personas que se animan a proseguir sus estudios. La baja cantidad de personas en programas de continuidad de estudios se puede explicar por la gran dedicación que ellos requieren —muchas veces se hace necesario postergar la familia y el trabajo— y el costo privativo que alcanzan estos planes, que muchas veces no se condice con las ventajas monetarias comparativas al egresar. A pesar de lo poco atingente (y altamente comercial) de su acotación, don Andrés pasa por alto que el país no está estancado: nuevas generaciones siguen naciendo y requieren, con el mismo ahínco que el mostrado hasta hoy, acceder a educación superior.
Por su parte, el prorrector de la PUC, Carlos Williamson, reclama:
Se habla del AFI atado al tema de la equidad, como si el AFI con ponderaciones por pobreza resolviera el problema de acceso de sectores pobres. ¡No es así! El escaso capital cultural de los jóvenes de bajos ingresos les impide acceder a instituciones de calidad. Contra esa enfermedad no hay otro remedio que mejorar la educación escolar.
No conforme con considerar como enfermedad el probablemente bajo nivel de cultura de quienes tienen menos, generalizando más encima, los excluye de la posibilidad de alcanzar una profesión o grado académico. Es una generalización absurda, innecesaria, evitable pero que salvaguarda el prestigio de su institución ante la élite. Es lamentable, pero hay intereses privados en el medio.
En la discusión generalmente se obvian tres cosas: la creciente necesidad de profesionales técnicos, la subordinación de la demanda a la oferta y la homogeneidad de capacidades.
El primero es un asunto crítico: Chile se está llenando de egresados de profesiones universitarias sin campo laboral o con preparación insuficiente, que se ganan la vida dedicándose a cosas ajenas a lo que siempre quisieron, mientras que hay empleos que requieren ser llenados por personas capacitadas para ejecutar planes estratégicos para la empresa y el país.
Una arista de esto es el auge de universidades sin la infraestructura ni los académicos que son base de una formación de calidad, y el abandono del rubro del Instituto Profesional o Centro de Formación Técnica, por el sólo hecho de la deficiente calidad que el título proyecta. El Estado debe asegurar, partiendo por sí, la valoración de estas profesiones poniéndolas como pilares de un proyecto serio de país.
El segundo es otro caso crítico. Ya pasó con la carrera de Perito Criminalístico, que tuvo que cerrar al ser asediada y apuntada por la prensa como carente de futuro laboral. Todavía quedan muchas carreras que las instituciones siguen ofreciendo, pero que están saturadas o van con esa dirección: Biología Marina, Psicología, Periodismo, entre otras. Para tener un trabajo estable y que pague en concordancia con la calidad del egresado hay que tener mucha suerte o muchos contactos; virtudes no tan comunes, claro. A pesar de que las universidades no inducen a nadie a estudiar estas carreras, presentarlas como opciones tan copiosamente no hace más que confundir.
El tema de las capacidades personales es otro de esos que no conviene discutir. La inteligencia es un bien no privativo y tampoco mal distribuido. Hay tantos genios nacidos en el campo como en la ciudad, en el desierto como en el sur, en Vitacura como en Melipeuco. Muchos de ellos, sin embargo, no tienen la posibilidad de acceder a una universidad. Entonces el premio va para quienes captan inteligentes y con plata (la teoría anterior vale también para la estupidez, pero un estúpido con plata tiene muchas más posibilidades que un inteligente sin ni uno). Por eso reclama la PUC: no dudo, no puedo dudar, de las capacidades de quienes estudian o estudiaron ahí, pero si llegaron allá fue porque podían sostenerse. ¿Por qué no abrirle las puertas de la calidad a quienes no han tenido la misma posibilidad/suerte?
Señor Williamson: hay gente pobre que no tiene el capital cultural como para estar en su universidad, pero no puede usted cegarse a que hay muchos, tal vez demasiados, que sí y les sobra. Eliminar el AFI y reemplazarlo por un sistema cruzado con el nivel socioeconómico podría acercar las brechas que en el papel nos duelen tanto. ¿Usted qué opina?



Julio 30th, 2008 at 3:20 pm
El tema pasa porque las universidades como modelo de fundación están corrompidas y viciadas (lee el artículo que Jonathan hoy, está notable) y sólo buscan tener alumnos que a fin de cuentas puedan pagar el arancel, eso es lo que les importa al final del día, nada más.
Cuídate.-
Julio 31st, 2008 at 6:59 pm
Ojo que capital cultural no es lo mismo que inteligencia.
Hay un dato que es innegable, los hijos de profesionales tienen un mayor nivel intelectual que los que no lo son.
Son más proclives a leer, a comprender lo que leen, y tienen (han tenido) conversaciones en la mesa que son mucho más “cultas”.
Hay que ver como es el cruce entre ser profesional y tener plata, pero el dato que te doy es cierto.
No creo que deba construirse una exclusión en torno a él, pero como profesor universitario sé que los estudiantes que son hijos de universitarios tienen desde ya una ventaja.
Que por cierto no es inteligencia, pero si capital cultural.
Y vaya que se nota al momento de corregir pruebas.
En todo caso, la católica es una gran maquinaria de exclusión disfrazada. Es, como dices, tranquilidad para la elite y unas cuantas becas Padre Hurtado para generar la ilusión de caridad.