Algo sucede con el tema de la cultura, que tarde o temprano se termina hablando de dinero. En el ámbito de los estudios culturales hay muchos otros temas que hablar, por supuesto. Pero cuando se trata de una conversación de simples mortales, el tema del dinero es importante. Y lo es con razón, después de todo, hemos llegado a un tiempo en que pocas cosas se pueden hacer sin dinero.
Una de ellas es asistir a los recitales. Hubo un tiempo en que era una fanática de ir a ellos. No quería perderme a David Bowie ni a Coldplay. El último al que fui, fue al de Robbie Williams, y no pagué más que galería. Aunque lo viera del tamaño de un hormiga.
Desde entonces hubo muchos a los que quise ver, pero que quedaron en la lista del olvido, porque ¡no hay bolsillo que aguante! De hecho, puede llegar a ser realmente molesto el anuncio de un artista que viene cuando se empiezan a hacer conocidos los precios de las entradas.
Porque que se anuncien entradas con valor de 120 mil pesos, cuando el sueldo mínimo en el país es apenas superior a ese número, la verdad es que me produce un sentimiento de profunda injusticia. Con ese dinero, mi marido y yo pagamos el arriendo cada mes, y es plata que se echa de menos cuando uno quiere destinar parte del presupuesto simplemente a gastarlo sin preocuparse de nada.
¿A qué viene esto? La culpable de ahora es Madonna. Que venga a Chile todavía es una incógnita. Y aunque rumores ha habido desde que tengo memoria, al parecer hay más probabilidades de que llegue con su Stick & Sweet Tour de las que nunca hubo antes. Y desde ya uno sabe que verla no será barato.
Desde mi perspectiva, hay dos temas aquí. Primero está el aspecto de que, efectivamente, es caro traer a un artista de talla grande al país. Razones sobran, pero hay dos principales: Chile está muy lejos, a trasmano del circuito de recitales; y el mercado nacional es extremadamente pequeño.
Es muy raro que un artista pueda llenar el Estadio Nacional y mucho menos que lo haga en más de una ocasión. Lo que quiere decir que con suerte unas 70 mil personas verán el espectáculo. Y hay que pagarle a Madonna, a su staff, pagar hoteles, pasajes, transportes locales, catering, arriendo de local hasta las peticiones estrafalarias que tenga la artista, y quedan ítems en el tintero.
Por otro lado, hay un afán por inflar los precios. Es decir, si un grupo de gente está dispuesto a pagar 120 mil pesos por una entrada, entonces hay que ofrecerla. Al final uno termina no sólo pagando lo necesario para que el artista cobre sus honorarios, etc, sino también por la “onda” de ir a ver un espectáculo.
En Inglaterra, Madonna dará un recital en el estadio de Wembley en Londres, y los asientos cuestan entre 65 y 160 libras (es decir, entre 65.000 y 160.000 pesos), pero el sueldo mínimo es de 5,52 libras la hora, esto es, 5.520 pesos chilenos. Por su parte, En Denver, uno de los recitales, tiene precios desde 55 a 350 dólares. Claro que trasladar equipos a Londres o a Denver, no es lo mismo que traerlos a Chile, pero el nivel de vida, tampoco es el mismo.
Uno podría preguntarse también si hay algo elitista en cuestión. ¿Será que se prefiere un específico, aunque reducido, público? En el caso de Madonna, probablemente las entradas se venderían como pan caliente, como sucedió también con U2 –formar parte de la interminable fila para comprar entradas es todavía uno de los peores recuerdos que tengo-.
El problema está en todos esos otros artistas o espectáculos que terminan presentándose con la mitad del teatro vacío, debido a que las entradas eran más caras. ¿No sería mejor que costaran menos y que se vendieran en su totalidad? Pienso por ejemplo, en obras de teatro internacionales que se han presentado en el Festival Stgo. a Mil, verdaderas obras de arte, pero con precios excesivos. Al momento de la función, es una vergüenza que alguien venga de lejos con una obra de calidad, para presentarla sólo a unos pocos.
Finalmente, siempre habrá un tema de libre mercado. Si la productora quiere cobrar precios excesivos y existe el número preciso de personas que las comprará y dejará a todos contentos (me refiero a productores, managers, etc), entonces no pareciera que hay mucho que hacer.
Además no es que Madonna sea un artículo de primera necesidad. Uno podría homologarla a una cartera de Louis Vuitton, un lujo que no es necesario. Esto puede abrir otras aristas, porque, si un espectáculo no es “educativo” o “cultural”, ¿quiere decir que se puede cobrar el monto que sea? ¿Está bien que se cobre caro para la minoría chilena que puede pagar?
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