Homenaje a Iván Zamorano
Iván Zamorano tuvo su primera relación con las minas chuteando con sendas piernas por Cobreandino. Aprendió a sudar la gota gorda con su camiseta de titular, supo mojarla como ninguno. Extrañaba los porotos con rienda de doña Alicia, su mami. También echaba de menos el huevo duro. Algunas veces, cierto olor de alcantarilla que bullía por las noches en las calles de Los Andes le recordaba ese manjar de la infancia.
Lejos de su madre, el complejo de Edipo llevaba a Iván a un estado de angustia permanente. En esos momentos, debió tomar hora con un psicólogo. A lo mejor, la ayuda profesional podría ofrecerle mejores orientaciones.
—Doctor, doctor, no puedo sacarme a mi madre de la cabeza.
—No sea leso.
—Pero, doctor…
—Consígase una mujer parecida a su madre, entonces, su degenerado.
—Pero, doctor…
—Complejo de Edipo le llaman ahora. En mis tiempos le llamaban perversión.
—Es que usted no me entiende…
—Sí lo entiendo, señor. Usted es un cochino.
—Es que no me entiende… Yo intentaba decirle que…
—No diga nada. Las explicaciones agravan las faltas, dicen por ahí.
Iván se aburrió. Le arrojó un cabezazo al facultativo. Tal como a Newton le cayó una manzana para entender la ley de gravedad, tal como a Lucía Méndez debió caérsele una teta para entender la ley de gravedad, Zamorano debió caer con su cabeza de lleno para deslumbrar su potencial futbolístico.
De paso, desacreditamos a Zinedine Zidane: los cabezazos llenos de ira nacieron por culpa de un Edipo incomprendido. Zidane se hizo famoso por hacerlo público. Nadie tiene la culpa que Iván todavía no fuera Bam Bam, que todavía no viviera en Europa, que todavía no fuera Pichichi. La fama llegó después.
Entre comerciales lacrimógenos de Clos de Pirque, nos enteramos del éxito de Zamorano en Suiza, donde se convirtió en el máximo goleador. En la tierra de Heidi, desayunaba, almorzaba, cenaba leche y queso. Pero nada se parecía al ulpo de mamá recién hecho, cuando llegaba después de un entrenamiento, en día de lluvia.
Dateados por su talento con la cabeza, el fútbol español se interesó en sus cualidades. El Sevilla lo tuvo entre sus filas durante dos temporadas, donde destacó por los cabezazos y por chutear. En ese entonces, también era famosa Paola Camaggi, cuya fama como figura social ha trascendido hasta el día de hoy. Todavía nos preguntamos: “¿Qué mierda hacía la Camaggi?” Pues bien, ella fue kind of novia de Zamorano.
Un contrato del Real Madrid mantuvo a Bam Bam en las tierras ibéricas, donde continuó su perfeccionamiento en el talento de poner carne paella. Enamoró a Marina, una despampanante modelo local. La relación fue larga y dura. Iván no podía sustraerse de aquel demonio llamado Edipo. La chica quería expandir sus horizontes, perfeccionarse en Estados Unidos, a ver si llegaba a Hollywood.
El astro futbolístico no pudo soportar la emancipación femenina. Se acabó el noviazgo. Quería casarse con Marina. Marina quería ser famosa. Se le adelantó Penélope. Iván quería olvidar a Marina y se encontró con su madre en Chile. En lugar de mirar a su madre con ojos chascones, miró a una jovencita oriental con cara de geisha en una transmisión del sorteo del Kino. Se llamaba Suimei.
Zamorano creyó haber logrado una versión sofisticada de su complejo de Edipo. Pies pequeños, caminando descalza en un suelo de madera, sirviendo delicias con arroz, mirando todo el día con cara de “la culpa es mía”, paredes de papel mantequilla. Algo parecido a sus lecturas de Hentai que conoció jugando por el Madrid, pasándose las horas instruyéndose con Amavisca.
La relación terminó abruptamente por falta de comunicación. Si bien Suimei entendía dos idiomas, el chino y lenguaje de señas; Zamorano sólo sabía hablar en chileno. Duraron cinco minutos más que un peo dentro de un canasto. Iván había sido reclutado por el Inter de Milán. Empezaba un nuevo capítulo de la historia.
En la capital de la moda descubrió la calidad de un buen vestir. Se enamoró de Giorgio Armani. Le declaró su amor llevando su marca donde pudiera lucirla: gorros, poleras, elásticos de sus calzoncillos. Donde hubiera ocasión, se convertía en un placement itinerante del diseñador itálico.
Entre indecisiones sobre cuáles pilchas meter en su maleta para sus vacaciones de una semanita en Santiago, descubrió el amor de una mujer con nombre de italiana, pero de factura chilena, como las pastas Carozzi: Daniella. Se enamoraron. Terminaba el siglo, cambiaba el mundo, las maneras de pensar. La pobre se hartó de limpiar el wáter en el departamento de Bam Bam. No quería convertirse en una esclava de los servicios culinarios; prefirió convertirse en esclava de otros servicios.
Zamorano volvió a quedar solo. Y le llovió sobre mojado. Llegó un brasileño a quien en vez de crecerle los colmillos, le crecían las paletas. Ronaldo quería la camiseta número 9. Iván con la cola entre las piernas, debió ceder ante la directiva del equipo. A cambio, le ofrecieron ser el 1+8. Si le sumaba otro 8, se aprestaba a jugar disfrazado de oso. La CTC le pagaba el disfraz, pero el Inter aseguró ser un club lo suficientemente solvente como para tener una versión rasca del dinosaurio Barney jugando al balón. Desestimado.
Tiempo después, se fue del Inter. Empezó el declive de su carrera. Entró al fútbol mexicano, donde departió amable tiempo con Fabián Estay, hasta que Iván en una borrachera se tropezó con Cameron Díaz. A la mañana siguiente, después del hachazo, cayó en cuenta del error: María Eugenia Larraín, alias “Kenita”.
No le importó la reputación de su nueva adquisición. Siempre le creyó todo. Aunque pusiera cara de mosca muerta, nada importaba. Aunque el gremio futbolista hablara a sus espaldas. A pesar que los cuernos de Bam Bam se vieran desde la cumbre del San Cristóbal. No podía sacarse de la mente la sonrisa con margaritas de María Eugenia. Iván estaba confiado en la devoción que Kenita decía profesarle.
Estaba enamoradísimo. Aceptó hacer una sesión de fotos calentonas con Larraín para una edición limitada de sopas de cuatro letras. Le ofreció matrimonio en un programa televisivo de alta audiencia. Mandó a hacer los partes para un día 14 de febrero, organizó un matrimonio de alta producción con invitaciones a Don Francisco y al entonces Presidente Ricardo Lagos. Él mismo ya había acordado con la orquesta contratada inaugurar la fiesta de matrimonio con “Bailar Pegados” de Sergio Dalma. Todo se canceló un día antes.
Las cosas venían malas. La señora Alicia disectó a su futura hija política y detectó demasiada ligereza en su casco. Toda la familia se cuadró con mami. Entre medio, se enteraron que María Eugenia practicaba sus estudios de Ingeniería Comercial con las memorias de la Ciudad Deportiva. Las sospechas aumentaban. En la cena de Navidad, la hermana de Iván descubrió que Kenita hacía el puré con sobres Maggi. No se trataba de una buena esposa.
El parte de matrimonio decía “si tú no estás, no puedo dar solución a mi respirar”. El Padre Felipe Berríos celebró San Valentín haciendo ayuda cristiana: sirviéndole balones de oxígeno a un enfermo de amor. La televisión se cuadró con el héroe deportivo. Jordi Castell nunca estuvo tan cierto como cuando un micrófono abierto delató su telúrico “puta la hueona maraca”, para referirse a la no-esposa.
Cambio de vida. Se despidió del fútbol en el club de sus amores, Colo Colo. Su partido de despedida ha sido la despedida más relevante que recordemos. Al final del día, halló otra mujer. A diferencia de Kenita, esta muchacha parecía buena, sana, elegante, de vuelta y con una hija de otra relación: la trasandina María Alberó.
Se casaron en una boda menos fastuosa. Tuvieron la parejita, la acronímica Mía y el tocayo Iván. ¿Cuánto durará el matrimonio? Ofrezco cuatro alternativas.
a) Serán felices hasta que la muerte los separe.
b) Serán felices hasta que Alberó no sea atravesada por un troncal. (Transantiago tiene la culpa de todo.)
c) Serán felices hasta que Kenita o Daniella vayan a por las sobras de Zamorano.
d) Serán felices hasta que Alberó no demuestre ser la versión sudaca de Heather Mills.



Mayo 12th, 2008 at 2:31 pm
Jjajajajja…lo de que la Kenita hacía puré con papás instantáneo Maggi me pareció notable por decir algo.
De todas formas me faltó esa maldita manía por las conferencias de prensa…dono $500 pesos…conferencia para que todos sepan…gorro armani, cuerina y chasca al viento incluidas.
Mayo 12th, 2008 at 2:47 pm
¡Que horror! y pensar que todo esto es verdad.
Mayo 12th, 2008 at 8:22 pm
Sencillamente notable, me maté de la risa. Esto de los futbolistas con modelos da para mucho. Se vendrá pronto algún homenaje a Mauricio Pinilla, la estrella de las discos y la farándula criolla?.
Saludos
Mayo 12th, 2008 at 11:43 pm
Un pajarito me contó que a Ivan le decian “piojo”en la niñez,por que… nuseee!!!…ahora se lava con champuuu gueno! y no ballerina .Bien por el.
:D
El que puede ,puede, y el que no ,tiene un blog jajajajaaja