Capítulo 0, Año 2: Esa prueba llamada PSU
Estuve esperando todo el año aquel día. Me preparé mentalmente, y traté de prepararme físicamente saliendo a trotar un día cualquiera, pero casi muero de un paro respiratorio en el intento, así que desistí de aplicar la filosofía “mente sana en cuerpo sano” en mi.
Amigos, familiares y conocidos me deseaban suerte, otros me decían “no es cosa de suerte, así que éxito”.
Lloré, grité, pegué portazos, pateé la perra durante las últimas semanas, casi me convierto al cristianismo para bendecir mi lápiz HB número 2, llené mi pieza de humo con sahumerios, rogué a todo lo rogable y pedí a todo lo pedible por que esta vez pudiera salir airosa de la PSU.
“Colador humano“, así le llamo yo cuando me levanto con el pie derecho, pero hablar de ella no me pone de buen humor, y generalmente me refiero a ella como “Prueba culiá“, como la gran mayoría. Y es que nunca he estado de acuerdo con que una prueba de aproximadamente 250 preguntas haga definir si estoy capacitada o no para entrar a una Universidad decente, y no creo ser la única.
Hay quienes no llegaron al mundo dotados con el “gen matemático” o el “gen lingüístico”, otros se bloquean en momentos de tensión, otros carecemos de buena memoria, y otros simplemente no tuvieron dinero para ir a un colegio particular, pero no por eso vamos a ser tontos sin talento. Pero así es el sistema y mala suerte para los ya mencionados.
Mientras el día 2 de Diciembre de 2007 la gente solidaria, y la que quiere comprar el cielo, despertaban con una sonrisa de satisfacción en el caracho por el gran triunfazo Teletónico, otros tantos nos comíamos los restos de uña que nos quedaban mientras programábamos el día para ir entre 17 y 19 horas para reconocer la sala en la que rendiríamos los aterradores facsímiles que decidirían nuestro futuro más próximo.
El día 3 de Diciembre había llegado, y entre uñas comidas, pelones en la cabeza, ataques de pánico, llanto desenfrenado, caspa nerviosa, desvelos, cábalas, rezos, súplicas, cólones inflamados, diarreas y pastillas de carbón, debíamos rendir, por fin, la tan esperada y aborrecida PSU.
Como vivo en el centro de La Serena, fui muy afortunada y la sede de rendición estaba tan sólo a una cuadra de mi departamento, lo que me hizo pensar inmediatamente: “Genial, entonces con que me levante a las 7.30 estoy dá“. No pensaba bañarme por cábala, entonces no necesitaba más tiempo.
Pero como las fuerzas cósmicas siempre van en mi contra y el concepto de “suerte” no va con mi color de ojos, tenía que tener una pesadilla Pre-PSU que me hiciera despertar súbitamente a las 6 AM con una dolorosa tortícolis.
Aún así no me bañé, y es más, me puse mi pulsera de la suerte, mis anillos de la suerte, no me peiné y sólo me lavé los dientes y la cara para que no creyeran que un “Zombie” tenía pretensiones de rendir la PSU. (Y además porque no soy sucia, sólo tengo cábalas ridículas).
Era la segunda vez que la rendía, pero no por eso estaba menos nerviosa, de hecho sí lo estaba, y mucho, porque esta vez, a diferencia de la anterior en la cual mi máximo proyecto era poder llegar viva a mis 18 años y poder entrar legalmente a pubs, esta vez tenía pretensiones de llegar a ser alguien en la vida, y estaba convencida de que había madurado.
Llegué a mi sala tratando de mantener la calma para no bloquear mis conocimientos, pero es complicado para alguien con agudo sentido de observación sumado a un leve déficit atencional tratar de concentrarse en una prueba aburrida y agotadora. Y resulta irónico, porque pensé en la PSU todo el año, y cuando por fin llegó el momento no podía dejar de pensar en el huevón que se sorbeteaba los mocos al frente mío y la mina que movía histéricamente el pie dos puestos más allá.
Las ganas de pararme y preguntar “¿Alguien tiene un pañuelo para este huevón chancho?” u “Oye tú, me desconcentras, corta tu hueveo” me las controlé, porque hay que ser civilizado si no quieres que los examinadores PSU te echen de una patada en el popín por desubicada.
Por esa razón y porque hace tiempo que perdí el “training” haciendo pruebas, fue que me demoré tanto en cada prueba.
El peor momento de cada facsímil era cuando la Examinadora Jefe, una vieja chora con diente de oro, decía: quedan quince minutos para el término oficial, e instantáneamente se me bloqueaba el cerebro.
“Piensa Ale, piensa… mmm igual hay universidades privadas buenas aaah… mmmm… ¡No! PSU… dale, piensa… raíz de treinta y cinco poooor… ¿Por qué?…”
Más encima esto no acaba una vez rendida la “prueba culiá“, NO, porque después vienen toda la manga de familiares, amigos, conocidos y curiosos a preguntar cómo te fue, hasta por lo menos 1 mes después de haberla rendido, y mientras ellos preguntan, una está con el colon en la mano esperando los resultados, luego de eso toca ver para qué te alcanzaron las gambas, y entremedio rogando a lo divino para que te den crédito, alguna beca, o “algo“.
Para “mejorar tu situación” los buenos amigos Universitarios me dicen “Ale, esto no es nada, cuando entres a la universidad sabrás lo que es sufrir“. GRACIAS.
Con esto queda claro que “el efecto PSU” no termina al minuto de entregar tu último facsímil, y que todo esto me pasa por andar jugando a madurar y querer llegar a ser alguien en la vida.



Junio 25th, 2008 at 5:29 pm
me identifico plenamente contigo
no se que mierda hacer con todo el tiempo que me demora hacer la prueba… sobretodo la de lenguaje, que es sobre la que más reflexiono
Mayo 25th, 2008 at 6:08 pm
CREO QUE ES ORRIBLE ESO LO QUE COME